Soy muy joven, no creo haber vivido nada y sin embargo a veces siento que he vivido demasiado. La muerte no existía hasta que cumplí los 16 años. Creo que es la mejor forma para comenzar, porque así podréis imaginaros lo que tuve que sufrir al darme cuenta de que la muerte podía arrebatarme a una de las personas más importantes de mi vida.
Y cuando digo que a veces siento que he vivido demasiado. Aquel día, un domingo de marzo, me encontré paralizada en frente de la cama de mis padres. La escena la tengo grabada a fuego... Imaginaos a mi padre, un hombre de unos 50 años sujetando desesperadamente a mi madre que yacía entre sus brazos inconsciente. Mi padre tenía una expresión de locura; aquel día me quedó bien claro que si mi madre se iba, mi padre no tardaría.
Yo solo gritaba. Estaba quieta, de pie. No me acercaba a ella. Estaba aterrorizada y no me creía lo más mínimo lo que veía. Me parecía muy injusto, no dejaba de pensar y de pensar que no. Que no podía irse. Que aún tenía que graduarme de 4º de la ESO, de Bachillerato y hacer selectividad. Me tenía que dar un beso el primer día de Universidad y prohibirme coger el coche de noche cuando al fin me sacara el carné de conducir. Decirle que al fin había conseguido trabajo, que me iba a casar y que joder, tenía que conocer a mis hijos. No era justo, no quería. No estaba preparada aún para vivir sin ella. No. No quería.
La sensación era muy extraña, solo escuchaba el latido de mi corazón y mi respiración. Parecía como en una película, lo demás era borroso y solo veía, eso... Mi vida sin mi madre a partir de ese momento.
Y no. No lo podía aceptar. No recuerdo que vi, solo sé que grité... Jamás había gritado tanto. Tanto, que cuando volví a ver a mi madre, me dijo que me había escuchado. Me había escuchado... Y decidió volver.
No sé cuantas veces habré contado esta historia, pero nunca dejo de llorar. Sin embargo es importante porque, al fin y al cabo, ese fue uno de esos puntos y a parte. Un punto que me mandó directa a donde ella quería que fuera. Quería que la conociera, aunque durante bastante tiempo pude evitarla.
Ojalá la hubiera conocido antes y no como la tuve que conocer por primera vez. Pero no le guardo réncor. Ella es tan diferente a como la ve la mayoría de las personas... Es cierto que da respeto y miedo. Significa, para muchos, dolor y sufrimiento. La pérdida de una persona amada, el vacío que genera... A veces, ese vacío se queda para siempre.
Pero suena tan siniestro, tan dramático que yo no quiero pensar así de ella. Algunos me llaman fría y admito, que me desespero. Ella no tiene la culpa, precisamente ella es la solución al sufrimiento de la enfermedad que no podemos luchar. Ella puede dar paz a esas personas que ya no son ellas mismas, ya no pueden aguantarlo más. No con esto hablo de la Eutanasia ni el suicidio asistido.
El problema, lo tenemos nosotros. Porque ojalá, ojalá pudiera hacer eso mismo sin arrebatarnos a ese ser querido. Daría mi vida solo por cambiar eso.
Tras vivir aquella primera experiencia hace unos meses, tuve que respirar, respirar hondo porque aquello no acabó ahí. Ella me quería todavía, algo tendría que aprender.
¿Qué aprendes al acompañar a más de una docena de personas en su último viaje? Verles sonreir, hablar con ellos y que unas horas más tarde, les pongas a dormir para que su viaje sea lo más placentero posible durante el tiempo que necesiten... Su expresión de descanso, su expresión de agradecimiento, de cariño, de pena por su familia. No me creo que ella sea tan mala...
Aprendes a amar cada segundo con cada persona que verdaderamente te importa. Aprendes a querer saber lo que verdaderamente desean y prometerte a ti misma, que lucharás por ellos. Pase lo que pase.
Aunque prefiero no volver a verla en un tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario